Otra vez sopa

Pedro estaba feliz, después de haber empezado a jugar en el colegio y de dos semanas en el club por fin iba a poder jugar un partido de Handball. Estaba contentísimo, su profe le decía que andaba muy bien y que ya estaba federado, justo él que había visto entre nesquicks el mundial de Suecia y soñaba con ser como Diego Simonet.

Con el viernes llegó el papelito que el club prolijamente repartía a sus jugadores con el horario de salida, regreso y los aranceles. Pedrito seguía feliz, pensaba ¿podré meter algún gol? ¿como habrá jugado Simonet su primer partido? Pero al llegar a su casa se encontró con la primera decepción, la madre intentó hacerle entender que era el cumpleaños de la abuela, que no podía irse a las 8.30 de la mañana y volver a las 18, que era chico para tanto viaje, y que además los 30 pesos del micro, mas los 5 del arbitro y el almuerzo consideraban un gasto importante. Pedro ya había escuchado varias veces eso de que «somos clase media», pero su ilusión por jugar no tenía precio.

La madre, como todas las madres del mundo, hizo el enorme sacrificio de hacer madrugar a la hermanita, de desayunar temprano y llevarlo al club, desembolsó 60 pesos que para su sueldo docente estando a 15 de mes era todo una cantidad, le dio un beso y le deseó mucha suerte.
Pedrito disfrutó el viaje como loco, hablaba con sus compañeros, compartían las galletitas y preguntaba donde quedaba Montegrande, ya que nunca había salido de Moreno.

El partido fue lindo, Pedrito jugó en total 25 minutos porque eran varios los infantiles y cerca del final del partido convirtió su tan ansiado gol. Cuando terminó el partido pensaba si su gol habría sido tan lindo como aquel de Diego Simonet a Suecia, ese que los relatores gritaban como un gol de fútbol, y se contestaba que seguro que si.
Luego vinieron eternos partidos de fútbol en la canchita de tierra de al lado, innumerables sandwiches y un tanto de aburrimiento, Pedro nunca había estado 10 horas fuera de su casa solo y empezaba a sentir el trajín de la «tira de inferiores». El micro imperturbable volvería luego del partido de Juniors, ya que el club no podía pagar dos combis a una distancia tan grande como Montegrande.

A la vuelta comenzó a hacer frío, la mamá esperaba a Pedro con una campera y preocupación, la sonrisa del primer gol disipó todas las preocupaciones de mamá, que sin embargo pensaba que era una locura tanto tiempo. Obviamente en el cumpleaños de la abuela Pedrito se durmió, no aguantaba sin su siesta del sábado y después de haber hecho mas kilómetros que en toda su vida.

¿Nadie es capaz de pensar en Pedro? ¿En esa madre que debe perder 10 horas a su hijo por 25 minutos de handball? ¿Es justo especular con la ilusión de un nene? ¿Es necesario que un infantil viaje 100 kms para jugar 25 minutos? ¡¡¡25!!! ¿No sería mas conveniente que si Pedro es de Moreno juegue en Paso del Rey, Merlo o Ituzaingó? ¿No hay tantos clubes? Entonces debemos trabajar para crearlos, darles material, capacitación y motivación. Dejemos de estar en lo fácil, no hay ninguna justificación pedagógica para que un nene esté viajando todo el sábado para jugar un partido, debe viajar poco y jugar mucho si queremos que aprenda y disfrute del handball.

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