Amigos para siempre

amigosEl ruido del respirador artificial era implacable y se clavaba como un puñal en las entrañas de Jorge. Su amigo Alejandro reposaba inerte a su lado, conectado a esa maquina y con la incertidumbre de saber si lo iba a poder abrazar nuevamente. Resultaba increíble que después de tantas cosas juntos hoy la vida los tuviera en esa encrucijada.

Parecía ayer cuando Paula entraba hermosa y radiante a la iglesia, de la mano de un emocionado Osvaldo, y él, «el enano» firme al lado de Alejandro, como siempre, como cuando defendían de uno y de dos. El querido Osvaldo, que los quería tanto que desde Junior no se perdió un partido mientras su salud se lo permitió, Jorge se acordaba que siempre en el entretiempo les acercaba el agua y alguna palabra de aliento muy respetuosa, esos pequeños gestos de grandeza que significan mucho y en ese momento de tensión relajaban y mimaban. El mismo Osvaldo que estaba ahí afuera, firme, pese a su bastón y sus 85 años, esperando por la recuperación de su querido yerno, que más que yerno era un hijo.

¡Qué emoción tenía Osvaldo aquel día del casamiento! Lloraba más que Paula, y Alejandrito estaba blanco como un papel, daba raro verlo así de asustado, justo él que era un héroe en el club y se caracterizaba por tener en su haber varias hazañas. Como ese gol agónico contra AFALP para conseguir aquel ascenso a Liga de Honor, o el robo de pelota y gol de contra sobre la chicharra en el Panamericano con miles de brasileros en contra, cuando volvió lo esperaron con un pasacalles y una fiesta en el querido Caseros Atleltic Club.

Tantas cosas pasaban por la cabeza de Jorge, ese primer día en el micro cuando les tocó ir a La Plata, «veni amigo, que acá hay lugar», sacó una medialuna con jamón y queso del tupper, de esas exquisitas que hacia su mamá Marisol, que era a la vez como la mamá de Jorge ya que se la pasaban practicamente el fin de semana juntos y dormían en la casa de Ale la mitad de la semana.
Cuando eran infantiles y Alejandro robaba la pelota y pese a estar solo se la pasaba para que Jorge pudiera meter goles también. Porque hay que ser honestos, «Alejandrito» fue siempre crack, desde Mini hasta el día que se retiró, ¡como lloraba la gente del club ese día! Nunca se quiso ir a Europa, quería jugar con sus amigos y estar cerca de Paula, el amor de su vida. Jorge volaba en el recuerdo cuando lo interrumpió nuevamente el respirador, los ojos de Jorge se llenaron de lagrimas.

Cuanto trabajaron para poner el parquet del piso, recién en ese momento esbozó una sonrisa, recordaba las peripecias, la cantidad interminable de rifas que vendieron, pusieron un puesto de choripan en la prosesión a Lujan, y hasta fueron a convencer al papá del Colorado, que ahora que la había pegado exportando reposeras era todo un empresario, no quería saber nada, pero Mauro lo convenció, le habló del club, de la magia de la escuela de vida, de las generaciones futuras, de que en esa cancha había conocido a su mejor amigo y a su novia, hasta logró hacerlo emocionar. La inauguración del parquet fue memorable, una fiesta hermosa con todos, pero todos los del club, y será siempre recordada por el momento en el cual Ale le porpuso matrimonio a Paula, el club estalló en aplausos y hasta hubo vuelta olímpica con los novios a babuchas cuando ella dijo que si llorando.

Cuantas cosas, cuantos momentos, Jorge tomó la Mano de Alejandro, se acordaba cuando eran uno más y Ale lo agarraba del antebrazo y lo hacía desplazar como loco, le decía «dale enano que la recuperamos y es gol tuyo de contra», un tipo que inspiraba.
La verdad que desde aquella primera vez que compartieron el asiento, hasta que nacieron las melli y Jorge dijo basta, siempre su amigo lo cobijó, sin él no hubiera conseguido ni la mitad de las cosas que logró en el Handball.

Ya habían pasado 30 años desde que Jorge dejó de jugar, pero no habían dejado de cenar ni un solo jueves en el club, ni de encontrar o inventar excusas para estar juntos. Aquella vez que los juveniles dirigidos por Alejandro clasificaron al Nacional en Ushuaia y Jorge consiguió certificados médicos para poder ir, y se proclamó «Jefe de Delegación». Las infaltables vacaciones en Mina Clavero «no hay mejor lugar para venir con los pibes» (lo mismo que decía Osvlado cuando ellos eran Menores), mientras los melli chapoteaban y Agustín con Marcos se tiraban temerariamente de una roca elevada.

La cantidad de partidos que su amigo Alejandro le había hecho ganar al enano, pero hoy la vida les tenía un partido bastante más complejo. El accidente había sido grave, estaba muy lastimado, pero mientras aún tenía conciencia, todo ensangrentado pidió por Paula, por Agus y Marquitos y por Jorge. Era de madrugada, Paula dormitaba en un banco de la clínica con los chicos encima, habían convecido a Osvlado que se vaya a descansar. El enano luchaba por estar despierto, en ese momento Alejandro abrió los ojos, Jorge se quedó mudo, lo miro haciendo realmente un esfuerzo, esas miradas que no son más que una mirada pero dicen mucho, Alejandro hacía un esfuerzo sobre humano por abrir los ojos, Jorge entendió que era una despedida, el piiiiiiii de la máquina se clavó en su corazón, llegaron corriendo las enfermeras y el médico, lo sacaron de la habitación, la cara de Paula, esa última mirada de Mauro…

Lo velaron en el club, el lugar donde había comenzado su gran amor por el Handball, por Paula y por sus amigos. Ese gimnasio por el que luchó y en el que luchó ahora se llamaría «Alejandro Leguizamon», esas putas costumbres de hacer los homenajes cuando el homenajeado ya no puede disfrutarlo. Sin embargo en el recuerdo y en los corazones de todos los jugadores de Handball, quizás esta pérdida haya servido para entender que muchas veces lo realmente importante del deporte pasa y queda de las líneas para afuera.

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