Compromiso

1leandroMonica estaba preocupada; tenía la reunión en la casa de Susana y todas sus amigas iban con sus hijos. Leandro ya le había avisado que no iba, que tenía que entrenar porque en dos semanas tenían la Copa Femebal y es un partido super importante. Ella intentó convencerlo por todos los medios. Hasta intentó chantajearlo con esas Mizuno que había visto en una página de internet, pero el chico fue inflexible. No iría.

Ella se enojó “¿como puede ser?” con todo lo que te apoyo, te acompaño y estoy con vos, que una vez que te pido algo, no venís. En el fondo, lo que más perturbaba a Mónica era que todas sus amigas llevaban a los chicos, estos ya se conocían y se llevaban bien y mientras ellas chusmeaban los pibes se reunían.  Además sabía que Claudia le iba a enrostrar que Leandro no estaba, siempre con su imagen de Familia Ingalls y madre perfecta.

Se hicieron las 5 de la tarde y Mónica hizo el último intento, pero cuando llegó a la habitación su hijo estaba enrollando prolijamente las vendas, se había guardado la ropa en el bolso y tenía las pecheras que se había traído del club para lavar, limpias y perfumadas. Así y todo lo encaró “¿Vamos Leli? Podés ir mañana a entrenar, yo le aviso a tu profe si querés”
Perdoname Má, pero no, tenemos que estar todos hoy porque se nos viene un partido importante, otro día te acompaño. No te enojes.

Mónica salió resignada y un poco fastidiosa. Emprendió el viaje hasta la casa de Susana. En la puerta tras los saludos de rigor, cayó la clásica pregunta “¿Y Leandro? ¿No viene?”, atrás de Susana, por supuesto, Claudia “Ay pero que pena que hayas venido solita, hoy Bauti me preguntaba por Leli”. “Bauti” era Bautista, un orangután de 1,90 y con más barba que un leñador que no se sacaba los auriculares ni para bañarse, pero se ve que justo en ese momento se interesó por Leandro.

Pensó en mentirles, en decirles que se sentía mal, o que se había ido con su papá a pescar y pasar el fin de semana. Vio el sillón, los chicos estaban con sus teléfonos y todos con los auriculares puestos, en ese momento se acordó de su hijo enrollando las vendas, perfumando las pecheras que usaban él y sus compañeros y lo imaginó entrenando, esforzándose, saltando siempre un poquito más alto, en silencio escuchando a su entrenador, ese sentimiento de hermandad que había desarrollado con sus compañeros que se venían a dormir a su casa de a 5 o 6, se levantaban temprano, exprimían naranjas y tomaban cereales antes de salir (un desayuno de campeones ma, le decía él), como Leandro esperaba toda la semana que llegue el sábado, y con la felicidad que iba al club, como saludaba al portero, al bufetero y como disfrutaba tanto jugando al Handball como quedándose a patear o conversar con los chicos y chicas del club.

Entonces Mónica respiró y les dijo “Leandro no viene, tiene un partido muy importante en el club y tiene que entrenar”. En ese momento la interrumpió Claudia “aaaaay que pena“, entonces ella retrucó “No, ninguna pena, a mi marido y a mi nos pone FELICES que un adolescente de sólo 14 años tenga ese sentido de la responsabilidad, que elija hacer deporte en lugar de estar anclado a una computadora, que entienda la importancia de integrar un grupo y que sepa que todos son importantes y por eso no hay que faltar y que tenga esas ganas y esa pasión por una actividad, por eso siempre lo acompañamos y apoyamos”. La cara de Claudia se desarmaba como un rompecabezas, y fue hasta la mesa en silencio, pensando en como pudo haberse dejado llevar por esos pensamientos, si a ella le encantaba también el club, ¿cuánto vale que un pibe elija no tomar alcohol porque se quiere cuidar para hacer deporte? ¿cuánto vale ese grupo de amigos donde uno es todos y todos son uno? y se puso a hacer un esfuerzo por recordar esa página donde había visto las Mizuno esas…

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